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Dylan vs. el fondo de la grabación

 

 

Camino de espaldas a mí

camino el tiempo hacia atrás.

 

Con el crujido de una pisada sobre la tierra

inauguro una vasta sentencia:

un exilio sin regreso,

una carretera solitaria

y una nube sin lluvia.

 

Vibra el metal en el traste

más allá de los límites de una canción,

se apaga la resonancia en su boca

como el vagabundo que vira en la esquina de tu calle

y se pierde,

por siempre

de tus ojos.

Cobro las distancias con cuerdas en mis dedos,

camino hacia atrás el tiempo

porque también el tiempo

es una distancia.

 

Y allí en esa carretera

El polvo deja ver sólo una silueta

La silueta de Dylan que se acerca

y se aleja

como si navegara en un barco

entre cables, quejidos,

distorsiones.

Dylan electrificado

Dylan entre gritos

Dylan abriendo una puerta

Dylan enfundándose unos jeans rasgados

que destejen en sus hilos

las vibraciones de una guitarra acústica

extraviada para siempre

en el Newport Folk Festival de 1965.

 

Los registros graban otras vibraciones

las del estremecimiento por la soledad

del vagabundo que se deja oír

tan sólo en la armónica

o en el feedback del amplificador.

Dylan ¿dónde se esconden las preguntas

que no quisimos responder?

¿Se avergüenzan de su pronunciamiento

o de nuestro silencio?

 

Sentado al filo de una silla,

puesta al borde de la áspera estepa

que es tu voz,

sé lo que se siente

ser un complete unknown.

A pesar de las palabras

no hay quien escuche

no hay quien mire

no hay quien lea,

y sólo así puedo mirar los ojos

de las piedras que ruedan por los amplificadores.

Dylan, quizás no te vea mañana

Pero el cable conecta más que una guitarra,

conecta la distancia de un tiempo

que se mide en pasos sobre arena,

tan pesados como silenciosos

son los barcos que traspasan el horizonte.

 

¿Todavía hacen falta los discos

o son los lamentos de otras voces

lo que necesitamos?

Hace falta el silencio antes de una canción

y hacen falta las agujas

que recorran la piel

porque todavía hay palabras

que nos hablan

y todavía, entre las grietas de las letras,

hay surcos que marcar.

En los registros del sonido

las preguntas de Dylan

esperan nuestra respuesta,

dejemos que en ellas el tiempo

camine hacia atrás

y nos alcancen una noche

como verdaderos rolling stones.

The Byrds

Cuento ligerísimamente inspirado en Los Pájaros...

Cuento ligerísimamente inspirado en Los Pájaros…

… y en “Los pájaros”.

A time to born, a time to die

A timpe to plant, a time to reap

A time to kill, a time to heal

A time to laugh, a time to weep

The Byrds. Turn! Turn! Turn!

.

El infierno es el lugar de la repetición

Ednodio Quintero.

 

¿Cuál es tu color preferido?

El negro.

El negro no es un color.

.

 Lo sé, pero si hay gente que dice que prefiere vestirse de negro es porque el negro tiene una función estética, en ese sentido el negro es mi color preferido. Bueno, dijo ella (ya no nos comunicábamos por correo sino por chat), sigue siendo una respuesta extraña pero la acepto. ¿Por qué te gusta el negro? me preguntó. Es por los viejos discos de pasta, le dije, necesariamente negros. ¿Te gusta la música? Sí, le respondí, como a todos, supongo, pero me gusta más si viene de un disco de vinil. Los colecciono, agregué. Yo tengo muchos, escribió, me han quedado los discos viejos de mis abuelos y mis padres, los tengo por montones en mi casa. Leer eso me entusiasmó, pensé que podría asomarle la posibilidad de ir a su casa y escuchar sus discos. No se lo dije en esa conversación, pero pensé que en unos días y con algo más de confianza podría proponerle un encuentro. Por supuesto, pensé en sexo.

Una semana después de nuestra primera conversación a través de la computadora nos volvimos a conectar y conversamos largo rato, casi hasta el amanecer. Hablamos mucho de música y de algo mucho menos convencional: sonidos. Sonidos de la ciudad, los que soportamos y no soportamos. De la grabación de sonido y de cine. Ella me dijo que siempre le han parecido muy raros los sonidos que se oyen en el cine porque nunca son naturales. Yo le dije que en el cine nada era natural. Ella aceptó mi respuesta con un elegante “es verdad”. Luego quise que la conversación entrara en terrenos un poco más íntimos y como no quería romper abruptamente con el tema le pregunté si se imaginaba cuál era el sonido que a mí más me gustaba. Ella calló un rato, es decir, no escribió por unos minutos. Por el tiempo que se tomó pensé que haría alguna suposición, que había entendido mi pregunta como un juego de adivinanzas, pero me decepcionó un poco su respuesta porque sentí que se había rendido sin haberle puesto mucho esfuerzo al juego. ¿Cuál? preguntó. El ruido de la aguja sobre el disco. ¿Y no la música? Claro, la música siempre, pero la música es la consecuencia última, las palabras comprensibles de todo disco, a mí me gusta el ruido de la aguja porque es el verdadero ruido del disco.  Allí no hay más nada que disco y aguja rozándose en un pronunciamiento lleno de sexualidad, esto último sólo lo pensé, no lo escribí, me pareció una insinuación muy obvia. A veces quisiera tener un disco sin música para escuchar sólo el sonido suavemente áspero del roce de la aguja, esto último sí se lo dije.  A mí me gusta el sonido del aleteo de los pájaros, me dijo ella, y la razón es muy parecida a la tuya, todo el mundo se refiere al canto de los pájaros, que sería la música del disco, yo prefiero escuchar el aleteo, es el más adictivo e inquietante de los sonidos. En ese momento, sin ninguna explicación, sentí miedo. Miedo de verdad, no un estremecimiento ni algún sentimiento vago. Miedo, tanto que me levanté de la cama (estaba chateando en mi cama, con la computadora en mis piernas) y revisé la puerta principal del apartamento y me asomé por el balcón para asegurarme de que todo se veía tranquilo afuera en la calle. La sensación pasó y le resté importancia. Seguí conversando con Lisbeth, sin pensar, en ese momento, que ella y el miedo podían tener alguna relación.

Nos volvimos a conectar a los dos días, ella me mandó un correo para invitarme a una venta de discos usados que se haría en una plaza. Yo sabía, como coleccionista, que esas ventas se hacían con cierta frecuencia en las casas de los más dedicados compradores del vinil. Pero no había oído, hasta ese momento, de una venta en una plaza pública. La situación era increíblemente propicia para todos mis intereses: acercarme a Lisbeth y seguir aumentando mi colección de discos viejos. Le contesté en seguida, por supuesto, que me encontraría con ella. Hasta ese momento, y luego de varios contactos virtuales con Lisbeth, no me había dado cuenta de la cuenta de correos que ella tenía: lisbe_recording@gmail.com. Reconozco la dirección no tiene nada de inusual, quizás por ello es doblemente extraño que me llamara la atención, como si de las letras de un hechizo se tratara; y como los encantamientos no funcionan sin la repetición de sus palabras, menciono de nuevo su correo electrónico: lisbe_recording@gmail.com.

 Hasta el día en que nos encontramos en la venta de discos de vinil, yo no había tratado a Lisbeth más allá del ambiente de mi computadora. Fue un amigo quien me dio su correo electrónico. Ella es la amiga de una amiga, me dijo, y puede tener algo para ti. Ese algo para mí era un viejo tocadiscos que esa amiga de su amiga estaba vendiendo. El mío se había dañado y para mí, que sólo tengo discos de vinil, era imperativo conseguir otro. Le escribí a Lisbeth por primera vez. Su correo, ahora es que me doy cuenta, era diferente al último que ella usó. El primero era mucho menos encantador, no eran las letras de un hechizo, era simplemente un correo electrónico: lisbethval79@hotmail.com. Su respuesta fue una desilusión, no estaba vendiendo ningún tocadiscos. No sé por qué tu amigo dijo que mi amiga dijo que yo lo estaba vendiendo, me escribió. Para mí, era asunto cerrado, pero ella me mandó luego otro correo preguntándome por qué quería un aparato tan viejo. Así, fuimos estableciendo una relación que se limitó, hasta ahora, a la computadora. Me mandó fotos, enlaces a páginas de música, a sus perfiles de Facebook, Twitter, Instagram y Pinterest. En las fotos que pude ver lucía muy delgada, sonreía poco y cuando lo hacía reflejaba más aburrimiento que alegría; tenía el cabello un poco ondulado, no tan largo pero tampoco tan corto. Tatuada, pierceada. Sexual. En Internet nada es lo que parece, me dije, menos aún en esas fotos que parecen calcular con mucho cuidado la espontaneidad y los rastros de misterio. Yo nunca había querido entrar en esas aguas llenas de redes, me consideraba el último hombre analógico del siglo XXI. Es cierto, en las redes todo el mundo habla pero ¿quién escucha? Es ruido, sólo ruido de fondo, las personas parecen fluir en palabras que flotan pero no son personas, son sólo palabras que flotan en la superficie de las pantallas. Detrás de ellas hay un inmenso vacío que se revela crudamente cuando apagamos la computadora y nos vemos reflejados en ese pedazo de vidrio muerto que se planta frente a nosotros, y allí vemos realmente con quién nos habíamos conectado. Esto lo pensé en unos pocos segundos, pero no le dije nada, sólo le dije que aún no había abierto ningún perfil de nada, que no había tenido la necesidad. Una noche, mientras chateábamos, me lanzó una frase que me descolocó porque yo me veía a mí mismo como lo contrario a la palabra que ella usó para describirme: Eres un tipo cool, me dijo. ¿Por qué? Porque te conozco, me escribió y puso una carita sonriente. Me sentí un poco inquieto. ¿Qué tanto crees que me conoces? le pregunté, pero Lisbeth no respondió. ¿Hola? Lisbeth, ¿sigues ahí? No recibí respuesta. Este contacto está fuera de línea, desconectada, offline, signed out. Esa noche no supe más nada de Lisbeth, pero a la mañana siguiente recibí un correo de ella en el que me hacía una sola pregunta: ¿Cuál es tu color preferido?

.

Lisbeth me había dicho que a ella le gustaba el sonido del aleteo de los pájaros y que para ella ese sonido era como el ruido de la aguja sobre un disco de vinil para mí. Esa revelación no produjo en mí los efectos de una alucinación pero sí los de una metáfora que se hizo evidente cuando la vi por primera vez. Pensé en pájaros. Es más, ella se me apareció como envuelta en una bandada de pájaros. Cuando llegué a la plaza me paré justo en la mitad y comencé a buscarla. Un brazo delgado y tatuado se movía detrás de un grupo de gente que veía discos en una mesa. Tenía que ser Lisbeth, me dije, pero mi eterna inseguridad y timidez me hacía siempre dudar de esos llamados en la multitud. Me moví un poco para que las otras caras no estorbaran el campo de visión, la gente pasaba y pasaba frente a mí como pájaros revoloteando alrededor de una presa. Entre uno y otro pájaro que se me atravesaba recibía fugaces destellos de un rostro que parecía el de Lisbeth. Mi campo de visión se oscurecía intermitentemente a medida que las sombras de las alas pasaban frente a mí. En cada destello de claridad Lisbeth aparecía más cerca y luego volvía a desaparecer. Escuché unos inusuales sonidos que acompañaban el paso de las personas, eran los aleteos mezclados con algunos compases de música. Ella, luego de atravesar las sombras de la gente,  apareció nítida frente a mí y me saludó con un abrazo que me trajo de nuevo al mundo.

Me sorprendió la intimidad que sentí, era la primera vez que nos veíamos y ella se acercó como una vieja amiga y me abrazó fuerte como si quisiera transmitir algo que estaba más allá del propio saludo. En ese momento Lisbeth se transformó en un artificio insondable, alguien tan maquinalmente abierto a los otros que uno no podía evitar tener la sospecha de que en ella operaba un ocultamiento. ¿Nos vamos? La pregunta me descolocó, no tenía pensado ir a ningún lado con ella. No me moví y ella volvió a preguntar ¿Nos vamos a mi casa? vivo cerca de acá. ¿No quieres ver los discos? No, me dijo con fastidio, prefiero que vayamos a escuchar música en mi casa, quiero que veas mis discos. Yo quedé paralizado, ella me agarró del brazo y me arrastró fuera de la plaza. Me sentí un poco abrumado por la casi simultaneidad de sus palabras y sus acciones. Me deje llevar por ella con la esperanza de la seducción.

En el camino Lisbeth me dijo que ella había vivido siempre con su abuela, quien recién había muerto y le había dejado la casa como herencia. ¿Y tus padres? le pregunté. Mi mamá murió de cáncer cuando yo tenía quince años y a mi papá nunca lo conocí, me dijo. Su vida parecía una historia triste, sin embargo, ella la contaba con total desparpajo, como si fuera una mentira. Imaginé su casa oscura y polvorienta, llena de objetos extraños, de muñecos de madera y animales disecados, de juguetes baratos, lámparas viejas y muebles raídos.

Cuando llegamos me sentí observado por muchos ojos ocultos en los rincones. ¿La casa está sola? pregunté. Ella no me respondió pero me miró con extrañeza. No tengas miedo, me dijo luego. La sensación de ojos que miraban quizás había sido producto del centelleo de las finas paredes de polvo que había en la sala, que se formaban por el efecto de la luz que se filtraba entre las rendijas de las cortinas. La casa no estaba llena de objetos extraños e inservibles pero sí tenía adornos de porcelana y cristal que no hacían juego con la imagen de Lisbeth, mucho más juvenil y desenfadada. Ella captó la confusión en mi rostro cuando agarré y di vueltas a un águila de porcelana que estaba en una mesa de la sala. Ella se me acercó por la espalda y sin yo preguntarle me dijo que esas eran las cosas de su abuela y que ella había decidido dejar la casa tal y como estaba, en parte porque estaba habituada a esos adornos y en parte porque así sentía que su abuela todavía estaba presente, rondando los cuartos y tejiendo en su mecedora. Pasaron varios minutos en los que ninguno dijo nada. Tenemos que empezar a escuchar música, dijo ella con tono casi infantil, rompiendo así con el silencio que se había adensado entre nosotros.

Lisbeth caminó hacia un pasillo de la casa y, antes de entrar a un cuarto, se volteó y me dijo ¿no vas a venir? La seguí y entramos a su cuarto. Allí empezó a sacar del closet varias cajas de discos que tenía arrumadas. Su cuarto se convirtió, en cuestión de minutos, en un inmenso archivo de viejos discos de vinil. Las cajas estaban clasificadas por décadas, tenía discos que habían sido editados en los años cincuenta, unas verdaderas joyas del jazz y el blues. Luego el rock n’ roll, Bill Haley and the comets, Little Richard, Chuck Berry. Escoge lo que más te guste, me dijo, este va a ser tu viaje. Me gustó esa sentencia, me inquietó un poco pero a la vez me gustó,  era un ofrecimiento irresistible, sentí que debía hacerle un homenaje a su música.

Empezamos a construir nuestra propia genealogía musical, a cubrir el espacio y el aire de su cuarto con acordes de guitarra que, con el paso de los discos, se fueron distorsionando, distorsionando con ellos nuestras conversaciones, miradas y roces. Luego de más o menos una hora de música, escogí una verdadera rareza que me encontré entre unos discos de The Beach Boys, el sencillo Rumble de Link Wray & the Wraymen, una canción que cayó en el olvido por mucho tiempo hasta que Tarantino la rescató en Pulp fiction, una pieza que es toda guitarra y riff. Rumble siguió y siguió, como si la canción no tuviera fin, y Lisbeth bailaba en su cama, o parecía que bailaba porque también parecía que aleteaba y volaba. Me sentí atrapado por la música, el vibrato de la guitarra y por el vuelo de Lisbeth. Los pocos sonidos que entraban de la calle empezaron a ondular en el aire como si quisieran acompasarse con la música. Me sentí aturdido. Sacudí mi cabeza. Me olvidé de todo lo que pudiera estar pasando afuera del cuarto. A medida que pasaban las horas era como si el mundo se destruyera poco a poco y sólo quedara en pie el cuarto de Lisbeth y nosotros en él como los últimos sobrevivientes de la destrucción de la ciudad. Aunque Lisbeth me decía que sólo nos estábamos abandonando a la música para pasar un buen rato yo sentía que algo oculto se pronunciaba detrás de sus palabras. O quizás no, quizá el abandono provenía de mi propio ocultamiento, de los vacíos de mis propias palabras. Lisbeth se levantó de la cama y me dijo que iba a buscar algo, no te muevas, me dijo. Cuando abrió la puerta pensé que se encontraría con un abismo, pero no, la casa todavía estaba allí. Se fue y cerró la puerta. Yo me quedé paralizado en su cuarto, oyendo Surrealistic pillow.

El tiempo pasó, la noche terminó de caer y Lisbeth no regresaba. Yo ponía un disco tras otro, el tiempo seguía pasando y yo me inquietaba cada vez más. No me gusta la soledad en una casa extraña. Me inquietaba también el silencio que se producía entre una canción y otra. Le música era un enmascaramiento de la amenaza que se cierne siempre que hay silencio. Con la música me sentía separado de la realidad, como si una pared de sonido me cubriera y me protegiera del resto del mundo. El silencio se refugiaba en la parte más exterior de las cosas. Cuando una canción terminaba no se producía el silencio; el final de una canción revelaba que el silencio siempre había estado allí. Absoluto silencio, no sentía a Lisbeth caminar, ni mover cosas, no parecía que estuviera en la cocina preparando algo ni en el baño. Era como si hubiera desaparecido.

Me levanté del suelo y salí del cuarto para buscarla. Afuera todo estaba oscuro. Caminé un poco y vi una tenue luz que provenía del otro lado del pasillo, de un cuarto que tenía la puerta cerrada. Me acerqué para tratar de escuchar los ruidos del cuarto. Se podía ver, por el reflejo del piso, que había alguien adentro, alguien que no podía ser sino Lisbeth. Me pegué a la puerta y sólo pude escuchar un débil murmullo, una voz que se empeñaba en no dejarse escuchar. Del cuarto también venía un sonido rítmico, como una onda que se acerca para luego perderse en el ruido de fondo; como si algo se balanceara, una rama, un árbol entero. Luego nada. Después escuché un extraño aleteo de pájaro. Unos pasos que se acercaban. Un sobresalto, la puerta del cuarto se abrió de un golpe y el ruido que me encuentra en la mitad del pasillo. Lisbeth parecía sorprendida de verme allí, pero su expresión era falsa, ella sabía que yo la estaba buscando y abrió la puerta de manera brusca con la intención de asustarme y de hacerme entender que no había manera de permanecer oculto a sus ojos y a sus sentidos. Encontré lo que buscaba, dijo. Aunque salió rápido e intentó bloquear la entrada del cuarto pude ver, en una mirada fugaz, varios pájaros disecados en una repisa, casi todos con las alas extendidas. Creí ver también una persona allí adentro pero pudo haber sido cualquier otra cosa. Realmente vi sólo una silueta que se desvanecía en un rincón. Lisbeth me dijo que grabaría su música en mi cabeza y que yo podría hacer un registro de su cuerpo. No sé si la entendí del todo, pero en ese momento supe que el mundo estaba hecho de sensaciones. Lisbeth siempre hablaba de los sonidos como si fuesen cosas que se pudieran tocar. De alguna manera lo eran, los sonidos eran cosas, cada canción producía una aspereza o una lisura en el aire que nos envolvía.

Lisbeth había salido del cuarto con los pájaros en sus manos, es decir (luego lo vi con mayor claridad cuando la luz de su cuarto nos iluminó) con el segundo disco de The Byrds Turn!Turn!Turn! Esto es lo que desde un principio quería hacer contigo, me dijo. Puso el disco y empezó a sonar Turn! Turn! Turn! Las voces de los  pájaros empezaron a penetrar en mi cabeza y mi cuerpo. Estaban allí, cerca y lejos, produciendo sonidos y no cantando. No pude distinguir la letra, no había nada a lo que pudiera darle sentido, sólo había ondas sonoras que chocaban con mi cabeza y se acompasaban con cierto ritmo de mis latidos. Lisbeth me preguntó si yo sabía que la letra de la canción era un versículo del Eclesiastés. Le dije que sí sabía, que conocía la canción pero que en ese momento no podía reconocerla. Conoces pero no reconoces, dijo. En medio del zumbido continuo de las ondas (ondas que debían estar pronunciando unas palabras que provenían de La Biblia pero que significaban más como canción de los sesenta {tiempo de matar, tiempo de sanar}), Lisbeth se quitó la camisa y vi su torso desnudo, sus hermosísimas tetas. Las tetas (al contrario de los sonidos {que se habían transformado en texturas}) eran texturas que se habían transformado en sonidos. Eran tetas sonoras, parlanchinas, cantantes, unas tetas mezzosoprano. Lisbeth se levantó del piso, bailó, se dio medio vuelta y desplegó el tatuaje que tenía en la espalda y que, hasta ese momento, no había podido ver. Tenía tatuado un pájaro que abría las alas hacia sus hombros. Los ojos parecían vivos. Lisbeth alzó los brazos y las alas se abrieron aún más y el pájaro voló en su espalda. The Byrds seguían cantando (tiempo de nacer, tiempo de morir). Recordé que esa canción siempre me había parecido profundamente cursi y obvia; y esa letra, sacada de La Biblia, acompañada por una guitarra insoportable, revoloteaba en mi cerebro con la insistencia de un virus mortal. Yo no la entendía, pero sus acordes se estaban grabando en mi mente. Era una escritura la que estaba reescribiéndose en la superficie de mi lenguaje. No lo había pensado hasta ese momento, eran de verdad Las Escrituras. Quita ya esa canción, Lisbeth, le dije. Ella sólo cantaba (tiempo para plantar, tiempo para cosechar). Esto es diabólico, pensé, es una posesión musical, voy a tener que escuchar Purple haze después de esto para exorcizarme. No me podía levantar, no me podía mover, estaba inmovilizado sobre el piso y la canción se repetía una y otra vez. Estaba en el infierno hippie. Habíamos caído en The Byrds. La canción seguía sonando, yo seguía sin entender lo que escuchaba pero en mi cabeza se pronunciaba la letra porque conocía la canción (conocer es diferente a reconocer). Alrededor del cuarto de Lisbeth, como si las paredes fuesen cielos y no paredes, empezaron a aparecer pájaros de diferentes tamaños y colores. Volaban con suavidad. Pasaban de un lado a otro, de una pared a otra o de un cielo blanco a otro como si quisieran estirar sus alas. Lisbeth, de la nada, detuvo el baile como si se hubiese acordado de algo importante, dijo que tenía que grabar mi voz. Sacó un viejo grabador y me acercó un micrófono a la boca. Habla, me dijo. ¿Qué digo? Lo que quieras, tu nombre, dónde naciste, qué estudiaste, lo que te provoque, inventa un pasado o inventa un futuro. Quizás mi voz, las ondas de sonido que saldrían de mi garganta, podrían chocar y destruir las ondas que salían del equipo de sonido. Así quizás podría silenciar el zumbido de The Byrds. Agarré el micrófono y empecé a hablar. Hablar, hablar y hablar sin sentido. A medida que hablaba me iba silenciando. Me iba quedando sin voz y la canción comenzó a materializarse en un objeto. Reconocí la letra, palabras como esculturas, pero dejé de conocerla. Los pájaros se posaron en árboles invisibles de las paredes del cuarto. Cientos, miles de ellos posados en el aire de las paredes. Lisbeth me sonrió y sus ojos se hicieron pequeños, brillantes, redondos y profundos como de pájaro. Se me acercó completamente desnuda, me quitó el micrófono de las manos. Quise decirle algo pero no salió ninguna voz de mi garganta. Se acostó sobre mí y sus tetas empezaron a cantar una canción, tristemente, era Turn! Turn! Turn! pero por alguna razón ya no me importaba, a pesar de que ya la entendía. Ahora vamos a hacer el amor, me dijo. Por supuesto, pensé. Le subió el volumen al equipo, las voces me penetraron con facilidad. Los pájaros empezaron a revolotear en el cuarto. Turn! Turn! Turn!

La mañana siguiente me pareció una mañana lejana, venida de un remoto pasado. O un holograma del futuro que proyecta una mañana del pasado. Desvariaba, tenía que integrarme de nuevo. Abrí los ojos y no vi más que una densa niebla que parecía distorsionar la vista. Me quedé tranquilo. Al fondo, la canción seguía sonando a un volumen muy bajo, o quizás venía de otro cuarto. O del fondo de mi cabeza. Estaba solo. Me levanté de la cama y mis ojos se fueron acostumbrando poco a poco a la luz que entraba por la ventana. La niebla, que no era más que un reflejo en mis ojos vidriosos, se fue disipando. Creí que Lisbeth estaría por allí así que esperé a que regresara. Pasó un buen rato y ella no regresó. Tampoco había ruidos ni pasos ni nada que indicara alguna presencia. Me levanté, salí del cuarto y vi que la casa parecía abandonada. Recorrí cada rincón y no encontré nada que pudiera otorgarle a la casa un mínimo destello de vida. Sólo polvo sobre los adornos y sobre los pájaros de porcelana. Y polvo sobre mí también, como si me hubiera convertido en uno de esos adornos que muere en vida allí en una mesa.

Las cajas de los discos estaban vacías y los armarios de la casa no tenían ropa ni utensilios ni lencería. La casa estaba realmente abandonada. Me sentí aturdido. Un día antes, a pesar del estilo antiguo de la decoración, todo parecía tener vida. Ahora, las paredes sucias y llenas de filtraciones y el techo lleno de telarañas me señalaban otro territorio. Había otra cosa que me intrigaba: la música. A pesar del abandono la música seguía sonando. No sabía de dónde podía venir, era la misma canción de The Byrds que a Lisbeth le gustaba tanto. Lo que escuchaba una y otra vez era el coro, sólo el coro que parecía haberse quedado pegado en un aparato viejo. Entré a todos los cuartos y no encontré nada que pudiera estar reproduciendo la canción. Pero la canción seguía sonando, una y otra vez. Y tuve miedo, realmente tuve pánico de morir en esa casa.

A time to born, a time to die, a time to kill, a time to heal. La canción se reproducía de manera cada vez más caprichosa. Empecé a escuchar sólo pequeños fragmentos del coro. A time to kill, a time to kill, a time to die, a time to die. Creí que la canción se producía en algún lugar de la casa y que al salir de allí el ruido de la calle la borraría de mi mente. Creí que al cerrar la puerta iba a dejar atrás una noche que recordaría como el salto de la aguja en un disco sucio, una nota discordante que desplaza el efecto de realidad, pero que luego se olvida fácilmente. No obstante, a medida que me alejaba de la casa, seguía escuchando el coro de la canción como un pájaro que me perseguía sin descanso. Estaba seguro de que Lisbeth me había convertido en el soporte material de una perversa grabación de sonido. Yo, máquina de reproducción de música, atormentado por la repetición incesante de Turn!Turn!Turn!

No sólo la canción se repetía incesantemente en mi cabeza sino que todos los sonidos de la casa comenzaron a reproducirse en cada lugar al que iba. Me sentí atacado por la mirada de la gente, por la voz de Lisbeth que salía de las bocas de la gente. Voces que repetían los diálogos que yo había tenido con Lisbeth la noche anterior. No eran recuerdos lo que atestiguaba en la cabeza, era una repetición exacta de lo ocurrido la noche anterior. El infierno se había desatado.

La repetición de frases y pedazos de canciones que habíamos escuchado empezaron a sonar en la ciudad como si cada roce, cada pisada y cada palabra pronunciada fuesen realmente los surcos de los discos de Lisbeth. Los sonidos no se silenciaban ni siquiera con los recuerdos. Al contrario, los recuerdos se entramaban con los sonidos y, de repente, vi a mis padres sentados en la sala de la casa de mi niñez, escuchaban música, me sonreían y me decían que bailara con ellos. Estaba seguro de que eso era un recuerdo. Sin embargo, cuando me acerqué a las cornetas la música que salía de ellas era The Byrds. Mis padres, con los ojos vacíos se acercaron a mí y me tomaron en sus brazos, yo tendría 4 o 5 años. Sonreían. Y viéndome directamente a mis ojos, a través de sus agujeros, empezaron a cantar el coro de la canción {a time to born, a time to die, a time to plant, a time to reap, a time to kill, a time to heal, a time to laugh, a time to weep, to weep, to weep}.

Me refugié en un parque cercano a mi casa. Esperé allí a que la música se silenciara en mi cabeza o a que me acostumbrara a su tormento. Las imágenes que se materializaban frente a mí eran resonancias de la música. No estaba seguro de que aquello que veía fuese realidad porque los movimientos de la gente que pasaba y los árboles que se movían al viento se acompasaban con las canciones, así como en la casa de Lisbeth los ruidos de la calle se sincronizaban con los compases de Jefferson Airplane. Me senté en un banco. Detrás de mí había un parque infantil, antes de sentarme detallé que el parque tenía una de esas estructuras de metal que sirven para que los niños se monten y escalen en él. El parque estaba vacío, no había niños, no había pájaros. A pesar de que la música no cesaba en mi cabeza y de que el coro de la canción de The Byrds se seguía repitiendo incesantemente, pensé que podía descansar un poco el cuerpo. Una pareja apareció frente a mí. A medida que se acercaba me di cuenta de que éramos Lisbeth y yo, estábamos tranquilamente conversando sobre música. Lo que veía era una repetición de nuestro encuentro de ayer en la feria de discos de vinil. Estábamos vestidos igual y nuestra conversación era la misma. Estaba viviendo dentro de una proyección de tiempos pasados. Ellos, es decir nosotros, pasaron (o pasamos) frente a mí y yo quise imaginar lo que sería ver lo que ese otro yo estaba viendo. Ver mi cuerpo sentado en este banco de la plaza, seguir caminando y ver como la perspectiva cambia y cómo el parque que está detrás de mí se va desplazando de mi izquierda a mi derecha.

El coro de la canción se repetía como una canción infantil en mi cabeza. Me pareció estar escuchando una de esas canciones que cantan los niños en los parques mientras hacen la rueda y la cantan sin parar porque la canción no tiene fin. Fue tan real el sonido de la canción que me di la vuelta para ver si había niños en el parque. El lugar estaba completamente vacío, no había niños en los columpios ni en el tobogán, y en la estructura para escalar sólo había tres cuervos posados en lo más alto. Regresé mi mirada a mí y a Lisbeth, a ellos, a nosotros que pasábamos frente a mí. Me vi viéndome. Me escuché hablando. Escuché el sonido de la mecedora, el canto de los niños, el coro de The Byrds y sentí también el aleteo de los pájaros. En la imaginación y en las alucinaciones a veces los sonidos se vuelven objetos, ya me lo había prometido Lisbeth en su cuarto. La mirada de nosotros me hacía ver que algo estaba pasando detrás de mí, algo que no podía advertir de ninguna manera porque en ese momento estaba distraído viendo a Lisbeth y a mí mismo acercarse. Ahora que lo recuerdo, puedo sentir que el aleteo de los pájaros era un signo de la maldad que siempre permanece oculta detrás de la manifestación más externa de los objetos. Detrás de lo que vemos siempre hay algo más, invisible, que se delata por sus sonidos, por sus amenazas, por sus aleteos. Lisbeth y yo llegamos al punto del camino de piedra más cercano al banco donde me encontraba sentado y nos quedamos como paralizados. Algo nos asustó, pero yo no podía verlo. Nos abrazamos y en un sobresalto subimos la mirada y nos quedamos fijamente viendo algo en el cielo. Yo no quise ver lo que nosotros veíamos. Pero lo que nosotros vimos (que yo no vi) fue un pájaro negro, quizás un cuervo, que voló alrededor del parque. En un cielo despejado y vacío, el cuervo planeó por sobre las copas de los árboles, descendió hasta casi tocar nuestras cabezas y con bastante destreza se internó en un enjambre de pájaros negros que copaban de arriba abajo la torre para escalar que había en el parque infantil, justo detrás de mí, y que no volteé a ver. Lisbeth y yo nos fuimos por el mismo camino por el que vinimos, y yo me quedé allí solo, en el banco, adivinando qué era lo que habíamos visto.

Pasó un tiempo cuyo peso no pude determinar. Así como la amenaza de lo perverso se va adelgazando a medida que nos acercamos a la muerte, así se fue silenciando mi cabeza, como si me estuviera adentrando en un terreno de paz, no sé si por efecto de la costumbre o el destello de placer que al parecer tienen los moribundos cuando van a abandonar esta tierra. Sólo quedó sobre mí la sombra tibia de unas alas desplegadas. Negras como las pasta de un disco de vinil que no tiene registrado ningún sonido, sólo el negro de unos surcos mudos que emiten el ruido lejano de una aguja que escribe sobre el viento.

La luz de la tarde enrojeció el cielo. Sobre mis hombros había desaparecido la claridad del día. Me levanté del banco y me alejé de allí. No quise mirar atrás, el parque infantil seguiría vacío, un poco más sombrío, un poco más amenazante. Los pájaros se habían materializado en el cielo. Recordé el pájaro que tenía Lisbeth tatuado en la espalda. Todos eran ese mismo pájaro. Cientos, miles, muchos de ellos, revoloteando sobre toda la ciudad. Negros, picos como agujas. El aleteo sonaba como un siseo. Había surcos en el aire.

Entré a mi casa martirizado por dolores en el cuerpo. Abrí la puerta y me arrastré al sofá de la sala. Algo se había deshecho en mi cabeza, los recuerdos de las horas recientes parecían alejarse tanto que se pegaban con los recuerdos de mi juventud y mi niñez. Me sentí totalmente desarmado, arrasado por la soledad. Lisbeth había desaparecido y yo me preguntaba ahora si alguna vez existió. Si todo había sido una experiencia real o si había sido una extraña materialización de la música que he estado escuchando desde siempre, desde que me encerraba en mi cuarto, apagaba la luz, cerraba los ojos y me ponía los audífonos de mi papá para escuchar Pink Floyd. Qué lejano parece ese saludo de Lisbeth entre la gente de la feria de discos. Qué lejano parece su cuerpo y su tatuaje de pájaro en la espalda, su seducción, su embrujo, su música ahora grabada para siempre en mi cabeza. Lisbeth me parece ahora tan inmaterial, tan musical, tan aérea, tan volátil, tan pájaro, tan aquí en un momento y luego en el aire. Pero algo queda en la cabeza, algo siempre queda registrado en el cuerpo. Quizás ésa sea toda la finalidad de su seducción, dejar grabaciones en los cuerpos de las personas que arrastra a su vacío, a su nada, a su caja llena de ruidos y música.

No quise prender la luz porque esa oscuridad que me estremecía también me arropaba y me ocultaba de mundo. Presentí a Lisbeth en mi apartamento, ella es posible en los contornos de la oscuridad. Escuché de nuevo el ruido de la aguja sobre el disco. Ese ruido como de telas que se frotan, un ruido que puede ser también el de un aleteo. Sacudí mi cabeza para tratar de acallar los restos de sonidos y ruidos que aún quedaban en mí como viejos ecos de una sensación persistente. Me levanté del sofá para prender la luz. Escuché de nuevo la canción infantil que se mezclaba con algunas frases de otra canción que no quise reconocer. {la_lala_lalala_lala_}. Cuando me acerqué al interruptor noté una extraña sombra cuadrada en la mesa donde pongo las llaves. Era un disco. Lo levanté y entre la penumbra pude ver que era el de The Byrds. Tenía un papel pegado en la carátula. Con la luz que entraba por la ventana pude leer: “Mi cuerpo registrado. Para ti. Lisbe_recording.” El ruido de alas se intensificó. Me di la vuelta y vi unas extrañas siluetas en la sala y el comedor de mi casa, como si los muebles se movieran, como si tuvieran una especie de piel negra vibrante, emisora de extrañas ondas y vibraciones. Encendí la luz y pude ver que mi casa estaba tomada por los pájaros. Una masa informe de alas y plumas que se aplastaban unos a otros en el piso, en los muebles, en las mesas, en el balcón. Pájaros silenciosos, expectantes, negros. Podía casi decir que sonreían, que miraban con atención. Me quedé inmóvil. Uno de los pájaros, el más grande de todos, estaba posado en la ventana del balcón, su silueta se recortaba con la luz nocturna. Infló su pecho y extendió sus alas, tal como el tatuaje de Lisbeth. Finalmente, todos los ruidos de mi cabeza cesaron como si alguien hubiera levantado la aguja que durante todo el día había estado surcando un disco sin música. El fin de los ruidos es el fin de la temporalidad de estas palabras. Por fin, descanso.

Y en un estallido los pájaros volaron hacia mí.

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He leído algunas opiniones en las redes que me llevan a escribir algunas palabras. Sé que estos espacios son limitados en su alcance pero en ellos sí circulan las ideas, hay debates y se forma opinión, aunque sea entre amigos, pequeños grupos o conocidos. Pero así es la verdadera política y de esto también está hecha la ciudadanía, la del ciudadano que se reúne con amigos y compañeros para discutir y calibrar las ideas.

He leído sobre la “ingenuidad” de votar en las elecciones porque (canto repetido) “con estas condiciones adversas no vale la pena”. Creo que en buena medida hemos superado este discurso pero las discusiones alrededor del voto continúan y creo que es importante argumentar a favor.

El voto es una declaración política, y las convicciones de cada individuo, sobre todo en un país tan polarizado como este, deberían ser lo suficientemente sólidas como para no condicionar la única manera democrática de expresarlas, ni ante la posibilidad de la derrota ni ante la posibilidad del robo. ¿Qué otra vía “menos ingenua” tenemos? ¿La revuelta popular? ¿Más violencia? Creo que esas sí son ingenuidades.

¿Cómo salimos del discurso de la descalificación irracional, de la retórica de la batalla y de exclusión absoluta del otro? ¿Cómo dialogar con un interlocutor que no legitima al otro? Primero, no cayendo en el mismo discurso del insulto, creo que Capriles en su discurso de ayer aumentó el tono de la confrontación (la confrontación no es mala en política cuando se busca denunciar, argumentar) pero nunca cayó en la descalificación gratuita. Segundo, ganando los espacios institucionales, no hay otra manera. Hay que conquistar los espacios de poder para abrir el diálogo y cambiar el discurso. Lo que nos trae de nuevo al voto.

Hay que pronunciarse aún bajo la posibilidad de una derrota, votamos para pronunciarnos. Nada está dicho, yo no descarto de plano una victoria de Capriles, sé que es difícil, pero una derrota por un escaso margen envía un mensaje muy importante: la evidencia de que el nuevo gobierno de Maduro no tiene la misma fuerza que el de Chávez.

Así que el trabajo de aquí al 14 de Abril es promover el voto, aquí las declaraciones de guerra y las batallas las plantean quienes tienen una retórica militar. Quienes tenemos una retórica civil y democrática hablamos de elecciones, instituciones y votos.

Publicado en Literales el 23 de Febrero de 2013
La "Rueda de lectura" de Agostino Ramelli. 1588. Un máquina diseñada para pasar de un libro a otro y hacer una lectura "hipertextual".

La “Rueda de lectura” de Agostino Ramelli. 1588. Un máquina diseñada para pasar de un libro a otro y hacer una lectura “hipertextual”.

La literatura no es sólo palabras impresas y un libro no es sólo papel. Los conceptos son simplificaciones que se producen por la acción de unir, empatar, superponer, relacionar, conectar diferentes percepciones e ideas previas que tenemos sobre las cosas o el mundo. ¿Cómo definir literatura y libro? Cada definición que se haga es siempre temporal e inestable, y si la asumimos como sólida e inamovible no será por haber llegado a lo que la literatura “es”, sino porque nos cegamos a otras posibles combinatorias de ideas y fenómenos que producirían nuevos conceptos. Hasta ahora literatura y libro se han identificado de tal manera que nos es difícil aceptar que pueda haber otra materialidad para la literatura. Por supuesto que la imprenta y la posibilidad de que el libro se produjera en grandes cantidades y a bajo costo hicieron posible la literatura que hoy conocemos. Pero la palabra también fluyó en el aire, en las antiguas tradiciones orales que luego fueron transformadas en literatura al registrarse en el papel. Independientemente de que pensemos que la literatura es la práctica, creativa y comercial, que surge alrededor del libro, el discurso y la palabra van más allá de los límites del papel.

Shakespeare Quartos ProjectMario Vargas Llosa, en una entrevista publicada en la Revista Ñ a propósito de su ensayo La civilización del espectáculo, comenta: “el papel no es sólo el papel, el papel para mí es fundamentalmente palabras que se convierten en conceptos, razones, argumentos y reflexiones, fuente primordial del conocimiento y de la evolución de una sociedad hacia formas cada vez más participativas y democráticas”. Para Vargas Llosa, “el papel” como metáfora recoge la idea de que el libro impreso se permite el tiempo para la reflexión metódica. Además, sugiere que el libro impreso pasa por una serie de controles editoriales que garantizan un mínimo de calidad en el producto final. En el mundo virtual, ese “otro mundo” de las palabras más allá del papel, estaríamos a merced de cualquier  mediocre que escribe al vuelo unas pocas líneas y con un solo clic las pone a circular en Internet. Es decir, siguiendo la argumentación de Vargas Llosa, Internet estaría lleno de wannabes literarios, muy peligrosos, por demás, porque pervierten la buena formación del gusto literario y disminuyen la capacidad crítica de los lectores.

Con una visión diferente, Ted Nelson, quien acuñó la palabra hipertexto para definir la estructura de funcionamiento de su proyecto Xanadu, que más que un programa es una interfaz de almacenamiento de textos interconectados, ha comentado que las posibilidades de Internet para la construcción de una nueva posibilidad textual son abrumadoras. Sin embargo, al diseñar las páginas web como una imitación del papel, estas oportunidades simplemente han pasado desapercibidas. Para Nelson, repetir en una computadora la estructura de la escritura en papel, como lo hace Word, es un sinsentido. La hoja de papel es la representación, según sus palabras, de “cuatro paredes”. El hipertexto, por su parte, permite conectar varios discursos en diferentes niveles y registros textuales. De esta manera la escritura, y podríamos pensar que también la literatura, se liberaría de su constreñimiento material.

Visual de las interconexiones textuales en el Proyecto Xanadu.

Visual de las interconexiones textuales en el Proyecto Xanadu.

La palabra, primero que nada, es experiencia de los sentidos. Es materialidad y sensualidad en su pronunciamiento y en su escritura. El papel, efectivamente, parece haberse convertido, a través de un ejercicio metonímico, en toda la literatura; pero la producción de imágenes literarias, tramas y reflexiones se producen en la palabra y la combinatoria de las letras, es decir, en el lenguaje mismo que, en papel o no, sigue siendo nuestro vehículo. Hay experiencias literarias “electrónicas” que vale la pena visitar, como la novela Patchwork girl (1995), de Shelley Jackson, una novela que no puede editarse como libro porque está construida como hipertexto y se “va haciendo” a medida que el lector va navegando por los enlaces que la conforman.

Por otra parte, el papel no encierra nada en cuatro paredes. La disposición de las hojas de un libro permite almacenar una gran cantidad de texto en un espacio relativamente pequeño. El libro, finalmente, es un dispositivo técnico, muy eficiente, de almacenamiento de palabras. La línea discursiva que produce la escritura se despliega más allá de sus hojas. ¿Quién puede decir que el Ulises de Joyce está “atrapado” en las cuatro paredes del papel? Allí nada está atrapado, al contrario, personajes y trama (y escritura) se despliegan como si no quisieran tener fin. Además, el hipertexto no es monopolio de los textos electrónicos, la literatura ha sido siempre un gran y mucho más complejo hipertexto. Allí, los textos ocultos no se abren con un clic sino que se mantienen velados por las palabras; Ulises es, de nuevo, un buen ejemplo de hipertexto avant la lettre (y también dans la lettre).

Podemos sentir nostalgia por la sensualidad material del libro o por la dinámica mucho más rígida y legitimadora de la editorial de libros de papel; o podemos sentirnos entusiasmados por la posibilidad anárquica y enriquecedora de la literatura electrónica. A fin de cuentas, la materialidad modifica el pensamiento pero no lo elimina. En cualquiera de sus manifestaciones, la literatura podrá transmitir en palabras una imagen y una reflexión de su propia época.

Edison, maestro de ceremonias en La Eva futura susurra que hay espíritus en los sonidos. Entonces, espíritu es todo aquello que queda atrapado en el registro de un archivo y luego vuelve a ti en la forma de una alucinación. Las sombras se transforman en objetos, inmensos como el miedo. Mis piernas me llevan a dar vueltas en un osciloscopio. Primero es noche/silencio. Luego, al borde del exterior la luz adquiere la forma del conocimiento. Los refugios se ocultan y las puertas se cierran. Atravieso rendijas y me introduzco en sonidos de humo, rancios como el olor de las colillas húmedas en los ceniceros, como el fondo de los golpes de vidrio, como la mezcla de ron, saliva y ceniza. Me pertrecho de silencio y me preparo para recibir las voces interferidas por las redes de sus propias palabras. Palabras encapsuladas en aire, desencajadas de su discurso. Entrecruzadas, viajando en el único sentido en el que pueden viajar: el de su propio significado, tejido en espirales. El ruido y la furia mezclándose en los cables de mis nervios. Insonorizado grito hacia mis adentros. En las afueras la carcajada. En el piano reverbera el espejismo del destiempo. La tristeza de una carcajada. La eyaculación de un vacío. El suicidio postergado. La repetición de una indecencia. El placer de una humillación. El filo de una caída. La punta de una aguja. La boca/nada en la garganta. La respiración sostenida. El gozo de la tortura. El bemol y las barras. La tristeza.

Y al salir, la amnesia de la mañana.

Portada del disco "A bigger bang" (Virgin Records 2005).

Portada del disco “A bigger bang” (Virgin Records 2005).

Publicado en Literales de Tal Cual el 12 de Enero de 2013

“Rollin’ Stones” es el nombre de una canción que Muddy Waters grabó en 1950. Cuando en 1962 Brian Jones vio ese nombre en uno de sus discos de blues decidió que así se llamaría la banda que recién había formado junto a Mick Jagger y Keith Richards. Con este gesto, Jones hizo mucho más que elegir al azar un nombre, lo que realizó allí fue una verdadera ceremonia de bautizo, es decir, se apoderó de un nombre, de un significante que conectó al grupo con una larga tradición musical que venía del góspel, del jazz y del blues. Se conectaron (simbólicamente en ese momento y lo harían en la realidad a lo largo de los años) con la historia de la música del siglo XX. The Rolling Stones dejaría de ser el nombre de una canción para convertirse, 50 años después, en uno de los hilos narrativos más importantes de la historia del rock.

Narrar es forcejear con otros relatos que nos cuentan diferentes historias. La historia del rock, como todas las historias, es una compleja trama de estilos e influencias que pueden rastrearse hasta los cantos de esclavos en Estados Unidos en el siglo XIX; pero también se puede conectar con la música celta, que se filtra hacia al country y el bluegrass. Pero en esa madeja de hilos narrativos el blues es quizá el que se distinga con mayor fuerza entre las influencias del rock. No hay músico de rock que no le haga un justo homenaje a los viejos bluesistas armados con las primeras guitarras eléctricas: Muddy Waters, B.B. King, Jimmy Reed, entre otros. En el fraseo de la guitarra de Keith Richards en cualquiera de las canciones más populares de los Stones podemos apreciar la influencia de los riffs clásicos del blues. De allí que el gesto de apoderarse del nombre de una canción de blues apunta a transformar el grupo en un verdadero mito que se inserta en la historia misma del rock. El territorio de The Rolling Stones es el que brilla con el aura de los mitos.

Roland Barthes establece que el fenómeno del mito se da cuando una relación de significación, la relación entre una palabra y su significado o una imagen y su lectura, se transforma en un nuevo significante, es decir, en un nuevo nombre que transporta otra información. En palabras de Barthes el mito es un robo del lenguaje. Es una palabra que supera su significación más llana para trascender hacia otras significaciones. The Rolling Stones ha portado en su nombre significaciones cada vez mayores: desde el logo de la lengua, diseñado por John Pasche en 1971, pasando por sus momentos icónicos, como la presentación en el festival de Altamont del año 69, en California, en el que uno de los espectadores murió apuñalado justo en el momento en que se presentaban los Stones y Jagger tuvo que calmar al público; en artefactos urbanos como franelas y graffitis en las paredes, y en cuadros como el que hizo Warhol de Mick Jagger, hasta la aparición de su imagen en diferentes programas de televisión, como Los Simpsons. The Rolling Stones, a lo largo de 50 años, se ha convertido en “algo más grande”.

La historia del rock se puede tejer a través de sus canciones que, desde su primer sencillo, una versión de 1963 del tema “Come on” de Chuck Berry, no han dejado de rodar en sus 24 discos e incontables conciertos y giras. En este aspecto, durabilidad y consistencia, The Rolling Stones supera a cualquier otro grupo de rock. La mitología del rock ha envuelto en su aura a muchos músicos y bandas que, tanto por su música como por los avatares de su vida, incluso por su muerte, se han convertido en iconos culturales. The Rolling Stones también ha circulado de manera simbólica por diferentes espacios de la cultura, sin embargo, ellos son más que la imagen, son también una sólida producción musical que aún vive, que aún crece, de la que no habría ninguna reserva en llamar, para los estándares de producción de los grupos de rock, monumental. Si tomamos en cuenta que Edison patentó su fonógrafo en 1878 (hace 134 años) y que la primera transmisión radiofónica fue en 1906 (hace 106 años), ambos hitos tecnológicos cruciales en la formación de la industria moderna de la música popular, 50 años es toda una era. Junto a su poder simbólico, alimentado, quién puede negarlo, por uno de sus grandes temas, “Simpatía por el diablo” de 1968, la longevidad de The Rolling Stones es un fenómeno que hay que admirar, más aún en estos años en los que la industria musical nos satura con cantantes pop que desaparecen antes que podamos aprendernos sus nombres.

En el 2005 The Rolling Stones editó uno de sus últimos discos, lo titularon “A bigger bang”, una explosión más grande, un título que hace referencia al “Big Bang”. En la portada aparecen Jagger, Richards, Watts y Woods alrededor de un punto de energía, un resplandor de luz azul. Están presenciando una especie de explosión originaria. La palabra bang en el título también tiene semejanza gráfica con la palabra band, lo que hace que el título se lea también como “A bigger band”. El título del disco no sólo hace referencia a una conexión con el origen (el big bang), en este caso de la música rock, sino con la formación de un mito. Ellos, envueltos en la luz aurática del origen, se han convertido en una explosión siempre más grande. O en una banda siempre más grande. The Rolling Stones ha logrado convertirse, efectivamente, en algo que siempre es “más grande”. Su marca es, después de 50 años, exceder su propio nombre y ser, mientras sigan activos, a bigger band/g.

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Bienvenidos a una nueva Venezuela. El Tribunal convalida, a la manera de Cantinflas, una decisión de facto que no se apega a la Constitución. Así, quedamos en un país sin un Ejecutivo legalmente constituido. Y el gobierno espera montar un espectáculo para “legitimar” una supuesta toma de posesión a la manera de los regímenes autoritarios que usan la nebulosa idea del pueblo para saltarse la legalidad. Por encima del pueblo nada, dirán. Pero es una puesta en escena, es un pueblo hecho para la televisión, para el espectáculo y las declaraciones violentas.

Las masas. La encarnación de la Voluntad Popular, decía Rousseau. Sin embargo, Rousseau lo tenía claro, tenía que ser el pronunciamiento de todos los ciudadanos con el fin de constituir un gobierno. Era la única manera de que se produjera el chispazo de la verdadera voluntad política, lo demás era la perversión de la participación política, la manipulación de unos pocos. No eran las masas del s. XX. Obviamente, en los Estados modernos es imposible que las decisiones políticas se manejen de manera tumultuaria, en asamblea popular. No somos una comarca ni una ciudad-estado. Por eso las democracias modernas se constituyen en democracias representativas. La voluntad popular es la Constitución (nuestro pacto social) y el voto (nuestro mecanismo de participación). Pero aquí, a partir de mañana, estamos a merced de la manipulación de los deseos de poder. No es nuevo en este gobierno, pero es alarmante la manera en que se intensifica cada vez más el abuso, el resto de los venezolanos quedamos totalmente indefensos. Y cuando hablo del resto de los venezolanos, me refiero a los de oposición y los chavistas que no son gobierno. Porque los que votaron por Chávez y lo defienden también sufren el deterioro de las instituciones, no lo saben pero también son víctimas de un país secuestrado por el poder. Ellos votaron por alguien  que desapareció, que no está, su voto fue escamoteado.

¿Yo soy Chávez? ¿Disolver al presidente en la masa de sus seguidores? La treta soñada de los autócratas. La justificación de todos los desmanes. Sin poder, sin servicios, a merced de las manipulaciones de Maduro y Cabello. ¿Eres Chávez? No te lo recomiendo, es mejor tener un presidente de carne y hueso, con funciones específicas y responsabilidades. Un presidente al que se le pueda demandar resultados, criticar, hacerle oposición.

Bienvenidos a la nueva Venezuela. Al mejor estilo del TSJ: como vaya viniendo vamos viendo (la manera de quedarnos en el poder).

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